lunes, 13 de febrero de 2012

Pensar en Red

La red no es una simple vidriera para que el visitante externo aprecie la riqueza cultural de un país, sino que necesita descansar en su valía para sus potenciales consumidores internos
La velocidad de los cambios es tan elevada, y tan hondas las transformaciones mismas, que apenas resta tiempo para detenernos y pensar. Detenerse, permanecer algunos instantes fuera del tiempo mientras lo nuevo sigue sucediendo, de hecho se ha convertido en algo semejante a un pecado. Amigos de mayor edad confiesan sentirse espantados delante de una computadora o escasamente estar en condiciones de manejarlas únicamente cual si fuesen máquinas de escribir mejoradas.
Nos invaden reproductores de música y video de dimensiones diminutas y enorme capacidad, aumenta la cantidad de operaciones que es posible hacer en un teléfono celular y el uso de los SMS comienza a transformar la estructura de la lengua. No en ambientes de hiper-desarrollo, sino en Cuba, país cuyas relaciones con las nuevas tecnologías y su aplicación en la esfera del consumo necesita un análisis particular.
El estupor al que me refiero, de los grupos de escasa capacidad para incorporarse a las nuevas tareas, puede ser entendido de múltiples maneras y lo mismo sus consecuencias: afirmar que tal parálisis es una reacción lógica ante el embate de tecnologías sofisticadas, alegar que no hubo suficiente preparación básica para los cambios que vendrían o que, en el momento presente y según una dialéctica de posibilidad-realización, hemos quedado desbordados por la cantidad de cuanto sería posible y no estamos en condiciones siquiera de imaginar.
Una lectura más profunda revelaría que, más allá de lo anecdótico, la introducción de las nuevas tecnologías informáticas y aplicaciones electrónicas es otro escenario —acaso el más transparente, dada su importancia hoy— donde se ponen de manifiesto las contradicciones del subdesarrollo y su peculiar manifestación en un país socialista, enfrentado en batalla sumamente desigual con la potencia más poderosa de toda la historia humana.
En la proposición anterior igualmente cabrían los esfuerzos del gobierno enemigo por impedir que dichas tecnologías sean adquiridas, utilizadas y desarrolladas por las instituciones del Estado cubano para, en su lugar, formular un proyecto donde —negado todo comercio con la institución— el país queda reducido a una esfera atomizada de consumidores pasivos. El proyecto activa usuarios de la información, selectos proveedores de noticias o análisis sobre la realidad del socialismo cubano —entiéndase aquí por “realidad” todo lo que sirva para multiplicar críticas o campañas mediáticas en el escenario global—, consumidores de entretenimiento, pero nunca generadores de pensamiento independiente —críticos al poder global— y mucho menos —esto ni siquiera es concebible— transformadores de las propias ciencia y tecnologías contemporáneas.
Hay que insistir en el diseño monstruoso que subyace en esta parte final que cercena a un país su posibilidad de ser país y no solo masa; dicho de otro modo, revelar que los avatares de la confrontación política se fundamentan encima de y perpetúan el núcleo duro de un desprecio sin límites al país, su soberanía y potencial intelectual. Propia de una cultura imperial, la ecuación de promoción selectiva, consumo sin límites en la población y colaboración cero en lo que toca a potencial intelectual, nos destina y fabrica para nosotros una nación sin pensamiento, sin lo estrictamente humano de la especie.
Ejemplo del límite irracional —o racional— de tal conducta lo dio George Bush cuando firmó una orden prohibiendo que artículos de científicos cubanos apareciesen en publicaciones científicas de los EE.UU.; ello implicaba que, de haberse descubierto en nuestro país una cura contra el cáncer o el SIDA, era preferible que millones de personas siguiesen muriendo hasta que científicos de cualquier otro sitio alcanzaran idéntico logro. Todo, con tal de que las instituciones cubanas no pudiesen mostrar al mundo éxito alguno; aunque otra manera de entender tal locura y enseñarla como hecho de razón es ver tras ello la convicción de la visceral inferioridad cubana en términos de pensamiento. Sacar beneficios de este ordenamiento, al precio de callar sobre la estructura en la cual se está inserto, es asqueroso como gesto moral.
Las condiciones de guerra virtual no son un agregado, sino la condición de existencia de la vida de Cuba como país y por ello condicionan todos nuestros desarrollos, insuficiencias o fracasos; a la agresividad de un frente enemigo hay que sumar el aislamiento —natural y construido alrededor del país—, así como el débil potencial económico de la Isla y el hecho de que la expansión mundial de las tecnologías informáticas, su “domesticación”, se haya acelerado en paralelo a la entrada del país en la debacle económica luego de la desaparición del mundo socialista.
Al mismo tiempo que países de elevado desarrollo o capas privilegiadas en regiones periféricas accedían a las bondades de Internet, nosotros nos agitábamos en el centro de la más desesperada crisis económica en la historia nacional; puede que, de paso, ello también explique por qué entonces no pudo ser hecho un ordenado proceso de alfabetización y especialización digital en los cuadros de dirección de todo el país, grupo que hoy “siente” ese vacío. Simplemente, había que sobrevivir.
Por otra parte, en lo que toca a la calidad y “actualización” constante del equipamiento, las redes cubanas se han ido conformando a contrapelo del bloqueo y, aunque operan, enfrentan problemas de una complejidad técnica poco menos que inédita y en ocasiones absurda. Cuestiones tan comunes entre nosotros como la necesidad de diseñar y hacer funcionar una Intranet compuesta de máquinas de distinta generación son, valiéndonos de una metáfora, “motores que funcionan al revés”, retrasando el desarrollo. Mientras que la imposibilidad de adquirir determinado equipamiento de punta es una consecuencia claramente visible del bloqueo, las consecuencias de solo poder acceder a otro de categoría menor constituyen un daño que se nota menos, pero que se paga con un descenso de potencialidades.
En el extremo opuesto, la simple imposibilidad de actualización para el parque de máquinas ya sí implica un efecto devastador, pues obliga a la utilización de “parches” o de programas (software) al nivel de rendimiento en que se encuentran las máquinas de las generaciones más antiguas.
La lógica de lo anterior —ya se sabe que un ejército se mueve a la velocidad de sus unidades más lentas— transparenta la difícil —y extraña— tarea de los “ideólogos” de las redes nuestras; al tiempo que países, o sectores dentro de ellos, disponen de capital para la renovación racionalmente continua y la expansión, una masa importante de nuestras energías se debe concentrar en impedir que la red sencillamente colapse por obsolescencia.
Esta tragedia del bloqueo, multiplicada porque el punto de partida es el subdesarrollo —lo cual alcanza para palpar el carácter enteramente criminal del primero—, resulta un elemento paralizador del pensamiento y la imaginación; una de las principales muestras de lo anterior es nuestra incapacidad de convertir la red en algo imprescindible para la vida de las personas en el país o de localizar aquellos puntos en los cuales la red —pese a todo— marca la vanguardia del pensamiento o modo de presencia para determinado aspecto de nuestra imaginación o simple existencia.
En el momento actual, cuando la introducción y uso de computadoras se ha multiplicado en todo el país —tanto en el sector estatal como en el privado—, con más claridad se ve cuán por debajo nos encontramos en lo que toca a lo principal: la comprensión de la red para mejor organizar y explotar sus potencialidades.
II
Una comunidad intelectual necesita, como respirar, de un sistema de publicaciones periódicas: revistas con temas de cultura general y también especializada. Respecto al libro, la revista tiene una velocidad de aparición y rotación que hace de ella tal vez el medio favorito a la hora de reflejar la dinámica cotidiana de una comunidad intelectual; ella es el sitio común de los debates y los descubrimientos, se adelanta a las que serán reconfiguraciones del panorama, introduce valores e inquietudes nuevas, etc. En atención a la lógica de formación, profundización y posterior expansión de un conocimiento, es en las revistas —junto con comunicaciones en congresos, etc.— donde primero surge y es sometida a tanteos una idea, objeto o área de trabajo nueva.
En un país donde el sistema de publicaciones periódicas fue duramente afectado por la crisis del “Período Especial”, la posibilidad de crear y colocar publicaciones periódicas en la red llegó como una verdadera salvación para la cultura. Diversos actores entendieron el nuevo contexto y hoy día se puede asegurar que revistas como EsquifeLa JiribillaMar DesnudoMiradasCalibán y la Revista del Instituto de Filosofía figuran entre lo mejor que en el país se publica en el campo del arte, la cultura y las ciencias sociales.
Sin embargo —y aquí viene el primer problema—, tal calidad no implica que se encuentren entre lo más conocido y menos aún que los textos allí publicados cobren la resonancia que merecen en la comunidad intelectual.
Desde este ángulo, aún no hemos aprendido a promocionar de modo adecuado (un nuevo medio precisa reglas nuevas) lo que ya existe en las redes cubanas, ni tampoco a socializar su contenido. Tal cuestión resulta más dolorosa cuando se piensa más allá de la red y desplazamos la mirada al campo de la producción multimedial, donde son varias las obras de muy alta calidad que esperan por ser promocionadas, analizadas críticamente en las publicaciones o espacios culturales del país, utilizadas en la enseñanza, etc.
Extraer títulos es difícil, más aún así se puede correr el riesgo de resaltar, entre las muchas con valor de referencia que han sido hechas, obras como el Atlas etnográfico de Cuba (Centro Juan Marinello), Enciclopedia Todo de Cuba (CITMATEL). Otros materiales electrónicos, pese a no haber sido hechos con una concepción multimedial, son productos con alto valor dado los textos que contienen; destacan aquíPensamiento cubano del siglo XIX (Casa de Altos Estudios), Obras completas de José Martí (Centro de Estudios Martianos).
Puesto que se trata de una tendencia que debe, y tiende, a crecer, lo anterior admite un enfoque más grave cuando se agregan al listado sitios como CubaLiteraria, el nuevo sitio web de la UNEAC, la revista de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, el sitio web de CENESEX, el sitio de la Red de Masculinidades Latinoamericanas, la reciente revista EnVivo del ICRT, el sitio web de la AHS, la revistaÁrbol Invertido, Librínsula, Mesa de Trabajo de la Facultad de Comunicación Social de la UH, CubaNow, el sitio web de Cubarte, los sitios web de la Radio y de la Televisión cubanas, la publicación SPD (Socialismo Participativo y Democrático), entre los más destacados generadores de contenidos en temas de arte, cultura y ciencias sociales en general.
A ello deben ser sumadas iniciativas de actores independientes como los realizadores de las revistas 33½ (Raúl Flores), Desliz (Lizabel Mónica), los blogs Negracubana (Sandra Álvarez), La isla y la espina (Reynaldo Cedeño) o el de Lalita Curbelo, lo mismo que listas de distribución como Observatorio Crítico.
Estamos hablando de una masa de información enorme —literatura creativa, información y pensamiento— que no es procesada por las instituciones bibliotecarias del país, no recibe los beneficios de aparato alguno de promoción —que no sea la misma red— y que, por tanto, se torna prácticamente irrecuperable, estéril en cuanto a completar su impulso dinamizador para el pensamiento del país.
Revertir esta situación es hoy día prioritario para la enseñanza, el sistema de cultura y la ideología, pues la masa de información que hemos mencionado —junto a otras muchas iniciativas— revela la magnitud del proceso según el cual —luego de la desaparición del antiguo campo socialista— el movimiento de las ideas en Cuba ha entrado en un proceso acelerado de reevaluaciones y reconfiguración en la elaboración de paradigmas nuevos. No haber comprendido esto, muy especialmente en el sistema nacional de bibliotecas públicas, es prueba de la escasa preparación mental que teníamos —o tenemos— para lo que la activación de la red iba a significar y transformar para siempre.
Es claro que las dificultades tecnológicas y de acceso son un segundo aspecto que conspira para disminuir las potencialidades de los contenidos disponibles en las redes cubanas; de ellas, pocas tan amargas como la pobre velocidad de las conexiones.
En oposición a lo anterior, como ejemplo de otra práctica que las bibliotecas cubanas aún no descubrieron, está la posibilidad —desaprovechada entre nosotros— de que las bibliotecas actúen como espejo o como reservorio de las publicaciones colocadas en línea. Tal cosa permitiría a investigadores, estudiantes y público en general disponer del contenido de estas publicaciones sin la obligación de estar conectado a la red. En el caso de páginas todavía diseñadas en HTML es fácil transportar un conjunto de ítems conectado por hipervínculos entre sí y en términos de espacio —en discos duros— no significa dificultad, dado el crecimiento de las capacidades de almacenaje en estos últimos.
En el caso de las páginas dinámicas se torna más complejo, puesto que es la base de datos íntegra lo que hay que transportar al servidor que brindará el servicio. Es aquí donde las políticas de Estado en cuanto a la información —dentro de ellas, la bibliotecaria— "normalizan", corrigen vicios y estimulan el trabajo con formatos compatibles, pues también aquí no solo se trata de colocar contenidos, sino de intentar conseguir la máxima racionalidad del sistema.
Como mismo no ha sido hecho lo anterior, tampoco han sido elaborados directorios que den cuenta de todo lo que existe en las redes cubanas; algo así como un anuario analítico de la red, más complejo que un simple listado de sitios, y que oriente al usuario nacional acerca de qué y dónde buscar.
No existe un proyecto extendido de alfabetización digital orientada al trabajo dentro la red; es decir, un sistema de acciones didácticas, docentes y de publicación a ese particular efecto. Dicho proyecto, a su vez, admitiría ser dividido en dos niveles o zonas de influencia simultánea sobre la cultura del país: alfabetización propiamente dicha —etapa inicial concebida para que tenga lugar en edades tempranas o en grupos que se recién incorporan al uso de la red— y profundización —destinada a quienes ya son usuarios de computadoras y orientada a especializarlos en las lógicas y usos de la red.
En este punto, con independencia del carácter formal de los espacios docentes de enseñanza-aprendizaje —programas de estudio en los niveles primario o secundario, cursos, circuito de Joven Club, etc.— la meta deseable es que la discusión acerca de los temas, funcionamiento, potencialidades o esencia de las redes y su lugar en los proyectos de desarrollo y mejoramiento de la vida en el país, crezca hasta ser un hecho normal de las dinámicas de opinión nacionales.
No por casualidad utilicé previamente el adjetivo “nacional”, pues la sospecha mayor que brota ante la evidencia —a partir de lo que falta— es que la red cubana —considerada de manera global— todavía descansa en un concepto que hace de ella un inmenso mostrador para el usuario extranjero antes que para el hipotético usuario nacional. Dicho de otro modo, está constituida a la manera de una suma de bloques directamente insertos en la red global mundial, sin que haya replicación en una Intranet poderosa, útil para el habitante del país. Semejante círculo vicioso solo podrá ser roto cuando los ideólogos de la red tuerzan el diseño —en términos tanto de utilidad práctica de las ofertas como de promoción de servicios— para que la red se torne imprescindible para nuestras vidas.
Para que tal cosa suceda hay que colocar en la red “cosas” —materiales— que sean necesarias, útiles, incluso imprescindibles, para el usuario nacional. Pero entonces hay que propiciar accesos —no veo mejor lugar que la biblioteca pública— a lo ya colocado; no es casual que un país como Finlandia, uno de los más altamente informatizados del mundo, se cuente igual entre los que mayor desarrollo han dado al uso de la red con sentido comunitario. Debemos insistir en que la red no es una simple vidriera para que el visitante externo aprecie la riqueza cultural de un país, sino que necesita descansar en su valía para sus potenciales consumidores internos.
Si bien las instituciones estatales siempre aportarán una gran cantidad de los contenidos, el potencial interactivo de la red solo se realiza cuando en ella participan —con sus particulares saberes— la cantidad incalculable de actores potenciales que tiene cada país. En este punto, la racionalidad del sistema vuelve a intervenir y avisa de que la intervención estatal no puede cubrir la variedad —virtualmente infinita— de necesidades de información que en cualquier país existe o la voluntad de producirla; a la manera de un proceso de mercado, la red enseña numerosos y poderosos puntos nucleares que se enfrentan y coexisten con una maraña de actores individuales que generan una masa enorme de información, en no pocas ocasiones sumamente micro-especializada —proceso que equivaldría al hallazgo y operación dentro de un nicho de mercado.
En las condiciones políticas de Cuba, la liberación absoluta de la red —dentro de un país en estado de guerra no declarado— es, cuando menos, tortuosa o más bien no es posible —sin fabricar, de inmediato, enemigo interior—; del lado opuesto, toda reluctancia a liberar la red resultará un elemento retardario para la misma cultura que se quiere potenciar.
En este sentido, hay tanto que favorecer la entrada en la red de actores individuales como abrir los espacios de algo que apenas existe en el país: me refiero a un tipo de intelectual nuevo, especializado en el funcionamiento de la red misma y en el análisis crítico de ella. Al mismo tiempo, a medida que el contenido de la red se incrementa, en lugar de resultar más fácil hallar lo que se busca irá sucediendo lo contrario; tal cosa implica el surgimiento de un segundo modelo de intelectual —esta vez proveniente de la profesión bibliotecaria—, lo que hace ya años es denominado como el “ciber-bibliotecario”, entrenado para colocar en manos de los usuarios aquello que demandan de la red.
Un viejo dicho reza: “Móntate en el tren de tus hijos”. Tenemos que fabricar el mundo que vendrá y el crecimiento de la red es uno de sus vectores más claros. Profundizar su uso es aprender a diseñar políticas, pensar, debatir, exponer, leer e interactuar de otro modo.
Sencillito, otra Revolución.
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Intervención en el panel “La cultura cubana ante el reto de las nuevas tecnologías”, de la Jornada de la cultura cubana en medios digitales, celebrada en La Habana, del 10 al 12 de noviembre de 2010.

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